Sebastião Salgado es uno de los fotógrafos con menos predicamento entre los profesionales.
Su reciente paso por Madrid para inaugurar una muestra sobre el trabajo que comenzó hace 30 años en África reunió a toda una cohorte de admiradores, entre los que se encuentran muy pocos fotógrafos.
Todo ello a pesar de su categoría como fotógrafo, o tal vez motivado por ello. Es el mejor, uno de los pocos que utiliza la fotografía como proyecto vital. Su discurso sigue siendo amable y sosegado, aunque su energía —a los 64 años— le sigue llevando a todos los rincones donde hay algo que le interesa contar.
Salgado continúa trabajando con la Kodak Tri-X de toda la vida, a pesar de que la producción es cada vez más escasa. Compra grandes cantidades y las almacena él mismo en una nevera gigante. Reúne a su alrededor al resto de románticos del blanco y negro para tratar de evitar que un día la mítica película deje de existir.
Sus críticos tratan de comparar su trabajo con el de los fotoperiodistas que se mueven como pez en el agua en las zonas de conflicto. Es imposible. El trabajo de Salgado hay que verlo con perspectiva, sus fotos ganan con el tiempo, adquieren valor con el paso de los años. En definitiva, hay que verlo más en la esfera de un trabajo artístico o documental.
Su Antártida va en su línea más reciente, en la que comienza a fijarse en el medio natural. La delicadeza de estas fotografías es singular. Se trata de imágenes intemporales que obligan a la retina a hacer una parada entre tanto impacto pasajero de color.